Un Cementerio Con Historia

CEMENTERIO DE AZUL Homenaje a la majestuosidad de la muerte y a la síntesis histórica La ciudad de Azul, provincia de Buenos Aires, Argentina, rinde homenaje a la majestuosidad de la muerte, con una imponente escultura hecha en 1938, por el arquitecto Francisco Salamone. Esta escultura representa un ángel flamígero con una espada en las manos, Como dijo alguien, pareciera que estuviera marcando la frontera entre la vida y la muerte; además esta representando para los creyentes la esperanza de la resurrección. Entrando ya al interior del cementerio encontramos dos cenotafios que rinden homenaje a los muertos de los dos grandes partidos políticos cuya ideología la podemos considerar fundacional de la argentina moderna. Uno es en homenaje a los muertos en la Revolución Radical, de 1890 y el otro es en homenaje al Teniente General Juan Domingo Perón y a su esposa Maria Eva Duarte. Es como si esta Ciudad Cervantina, de profundas raíces Pampas, en la que hace años, se señoreaban los pueblos originarios, tierra en que tantos desencuentros se produjeran, quiere ser hoy la heredad de la síntesis unificadora de tantos años de desencuentros.





A los desaparecidos de toda la tierra, de todas las épocas por distintos motivos, quienes con su sacrificio han hecho posible que "la muerte le enseñe a los vivos" a soñar con un Mundo lleno de respeto por las ideas del otro.







José Vicente Cuenca Phd Departamento de Antropología Universidad Nacional de Colombia Santa Fé de Bogotá, 1994


jueves, 17 de marzo de 2011

Osario Comun




Osario común, del Cementerio Unico de Azul, en esta fosa yacen los restos de quienes descansaban en el Cementerio Viejo, llamado comúnmente de los pobres, y que no fueron trasladados cuando el Intendente Ernesto Malere, cerro el mencionado cementerio,  alrededor de julio de 1963


placa recordatoria colocada en el osario comun







foto del lenguaraz(traductor) del Cacique Catriel


















lenguaraz en el vocabulario de la época

Memorias del ex cautivo Santiago Avendaño
P. Meinrado Hux.
Osvaldo Baigorria
Algunos fragmentos -si bien deformados- de este relato ya habían aparecido en la célebre trilogía de Estanislao Zeballos sobre los caciques Calfucurá, Painé y Relmu. Zeballos utilizó los recuerdos de Avendaño para crear un personaje de ficción, el ex cautivo Liberato Pérez. Pero nunca mencionó con franqueza al verdadero autor, aduciendo haber hallado un curiosísimo manuscrito en un médano en 1879, cerca de lo que hoy es General Acha, junto con archivos de Calfucurá que habría sido abandonados por aborígenes en fuga ante el avance de las tropas nacionales. Esta edición viene a desmentir y corregir esa leyenda, presentando un texto cuyo interés no reside tanto en su dominio del relato testimonial como en su valor de documento histórico.El manuscrito original de Avendaño es la materia prima a partir de la cual Meinrado Hux -sacerdote benedictino suizo e historiador autodidacta- realizó la elaboración final de las memorias. Hux, quien en 1948 fue enviado por su orden monástica a fundar, junto a una docena de religiosos, el Monasterio Santa María de Los Toldos, en la provincia de Buenos Aires, se ocupó desde entonces en reconstruir el pasado de los ranqueles en varios libros, el último de los cuales es este intento de hacer justicia a la vida de Avendaño.Secuestrado por un malón en 1842, cuando sólo contaba siete años, el cautivo fue mano de obra esclava del cacique Caniú hasta la edad de quince, dedicándose al pastoreo de vacas lecheras. Aunque su amo -a quien a veces llama mi padre- lo trata relativamente bien, el joven cristiano no deja de anhelar el retorno entre los suyos. Finalmente planea y realiza una exitosa fuga - en una agotadora travesía a caballo por el desierto de La Pampa y San Luís, narrada paso a paso y día a día-, pero apenas logra saltar de la sartén al fuego: ya en Buenos Aires, a causa de una infracción mínima, es apresado y confinado por orden de Rosas a la cárcel de los cuarteles de Palermo.De su vida bajo el régimen de Rosas, Avendaño deja escenas inolvidables, con descripciones en detalle de azotes, fusilamientos sumarios y decapitaciones a decenas de presos por caprichos de jefes militares y del mismo gobernador de Buenos Aires, de quien delinea un colorido perfil. Y de sus años en el desierto ofrece una postal nítida de la cotidianidad, los ritos, las costumbres, la lengua, los malones y las alianzas de los ranqueles con los unitarios, además de relatar cómo Calfucurá extiende sus dominios mediante la usurpación de tierras de otras tribus. Sensible a los abusos de autoridad, Avendaño no economiza epítetos para calificar los actos de barbarie cometidos tanto por cristianos como por araucanos, ni tampoco controla su indignación ante la impunidad de los personajes del poder.Amén de páginas tediosas, con largas enumeraciones de datos sobre caciques, tropas y cabezas de ganado que pueden ser útiles para el especialista, también se encontrarán -con paciencia- diestras reconstrucciones de diálogos históricos.Avendaño ofició de intérprete y mediador de los aborígenes con el gobierno nacional y trabajó de secretario del cacique Catriel en los últimos años de su vida. Como una suerte de ombudsman de frontera, llegó a escribir cartas con membrete de Intendente de los Indios. Pero terminó ejecutado a lanzazos a los cuarenta años, junto a Catriel, tras la derrota de la revolución mitrista de 1874, única revuelta en la que participó en su corta y azarosa vida. Su testimonio ilumina desde un nuevo ángulo las reflexiones de Mansilla sobre un capítulo esencial de la historia argentina.






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