Un Cementerio Con Historia

CEMENTERIO DE AZUL Homenaje a la majestuosidad de la muerte y a la síntesis histórica La ciudad de Azul, provincia de Buenos Aires, Argentina, rinde homenaje a la majestuosidad de la muerte, con una imponente escultura hecha en 1938, por el arquitecto Francisco Salamone. Esta escultura representa un ángel flamígero con una espada en las manos, Como dijo alguien, pareciera que estuviera marcando la frontera entre la vida y la muerte; además esta representando para los creyentes la esperanza de la resurrección. Entrando ya al interior del cementerio encontramos dos cenotafios que rinden homenaje a los muertos de los dos grandes partidos políticos cuya ideología la podemos considerar fundacional de la argentina moderna. Uno es en homenaje a los muertos en la Revolución Radical, de 1890 y el otro es en homenaje al Teniente General Juan Domingo Perón y a su esposa Maria Eva Duarte. Es como si esta Ciudad Cervantina, de profundas raíces Pampas, en la que hace años, se señoreaban los pueblos originarios, tierra en que tantos desencuentros se produjeran, quiere ser hoy la heredad de la síntesis unificadora de tantos años de desencuentros.





A los desaparecidos de toda la tierra, de todas las épocas por distintos motivos, quienes con su sacrificio han hecho posible que "la muerte le enseñe a los vivos" a soñar con un Mundo lleno de respeto por las ideas del otro.







José Vicente Cuenca Phd Departamento de Antropología Universidad Nacional de Colombia Santa Fé de Bogotá, 1994


domingo, 19 de septiembre de 2010

Lopez claro


sepulcro de Lopez claro


otra vista del mismo donde se distinguen los simbolos masonicos


simbolo masonico

el dintel presenta el símbolo del disco solar alado, asociado al Uraeus o serpiente divina.


"El artista que expone su producción al público, debe obedecer simplemente, libre de todo otro incentivo, a una necesidad íntima: hacer de ese público un confidente de ese pensar y sentir, y un consultor de su particular manera de expresión estética" A.L.C.

BIOGRAFIA:

Nació en azul el 22 de septiembre de 1882 falleciendo el 23 de octubre de 1952, su tumba esta en el cementerio único de azul, se caso con Emilia Bettinelli (1890 – 1989), de ese matrimonio nacieron 8 hijos.
En 1932 fundó, junto a los poetas María Alex Urrutia Artieda y Alfredo Rafaelli Sarandría, la "Agrupación Artística Maná". En 1952 creó la "Peña de Almas Pan" cuyo emblema, un corazón alado y una estrella en el centro, los identificó. Integrada por jóvenes que atraídos por su personalidad y bajo su influjo paternal, se reunían en su casa para reflexionar sobre el arte.

Alberto López Claro nació en Azul el 22 de septiembre de 1882. Su madre, Elvira Claro Pedernera (1853 - 1887), murió siendo él muy pequeño por lo que su padre, Manuel López González (1840 - 1927) debió hacer frente a la crianza de sus siete hijos.
Primer bibliotecario de la entonces Biblioteca Popular, actualmente "Bartolomé J. Ronco". Periodista e integrante de una Logia Masónica denominada "Logia Estrella del Sud" N° 23 junto a

Impulsado por su vocación docente comenzó a dictar clases particulares de dibujo, donde conoció a Emilia Bettinelli (1890 - 1989) con quien se casó en 1905 y tuvo ocho hijos de los cuales César López Claro y Claro Bettinelli, artistas plásticos de reconocida trayectoria nacional, encontraron en la Casona de Av. Mitre 410, hoy Museo.




fuente:  OlivaDry ex directoir del museo Lopez Claro
Bajado de Internet



                                    Alberto López Claro, surrealista 



Por Eduardo Agüero Mielhuerry

Alberto López Claro nació en Azul el 22 de septiembre de 1882. Sus padres fueron  Elvira Claro Pedernera (nacida en Azul en 1853) y Manuel López González (nacido en la aldea española de Castropol en 1840), quienes contrajeron matrimonio en 1870.
Alberto tuvo seis hermanos (dos más fallecieron a poco de nacer): Fernando (1871), Arturo (1874), Carlos (1875), Manuel (1877), Abelardo (1879) y Armando (1884).
Cuando Alberto era apenas un niño que comenzaba a descubrir el mundo, en 1887, perdió a su madre Elvira que falleció con tan sólo 34 años de edad. Desde entonces la vida de la familia no fue sencilla, sin embargo, el masón y polifacético Manuel -que hasta se convirtió en el primer bibliotecario de la Biblioteca Popular (hoy Bartolomé J. Ronco)- supo llevar adelante las más diversas actividades para cubrir las necesidades de sus hijos. Fue dueño de la Gran Peluquería Española, ubicada en la esquina Oeste de la avenida Comercio y Buenos Aires (actuales avenida Mitre y De Paula). Mas sus actividades no se limitaban solamente a la peluquería y barbería de caballeros, sino que en el mismo local también funcionaba una confitería con mesas de billar, y entre tanto oficiaba como periodista.
La pintoresca avenida Comercio, también llamada “Calle Ancha”, por aquellos años era testigo del bullicioso desarrollo de la comunidad. Decenas de negocios de los más diversos rubros funcionaban en ella y para finales de siglo se había convertido en un paseo sumamente transitado por los azuleños, tanto o más que el centro mismo del pueblo.
Era el espacio elegido para pasear y habitualmente en las tardecitas de verano las familias salían a la vereda a “tomar fresco”, acomodándose en artísticos bancos frente a sus casas. Y solían también disfrutar desfiles militares, corsos de flores, concursos de máscaras y bandas musicales.
Esa misma calle fue testigo de las correrías de los hermanos López Claro, en especial de Alberto que supo fascinarse con aquellas historias de “milicos” y pueblos originarios -muchos de los cuales habitaban aún en Villa Fidelidad y en las afueras del pueblo-, a los que haría parte sustancial de sus primeras obras.
Fue alumno de la Escuela Normal e impulsado por el afán con que su hermano mayor Fernando se había volcado al arte, Alberto decidió, como lo había hecho aquél, viajar a la ciudad de Buenos Aires para estudiar en la Academia Estímulo de Bellas Artes.
Para sostenerse económicamente realizó ilustraciones para diversas publicaciones porteñas, entre ellas el Semanario “El Infierno” (1902-1903). Sin embargo, no pudo culminar sus estudios por razones económicas y debió regresar a Azul con una considerable decepción, pero con un enorme bagaje de conocimientos que lo impulsaron a continuar por el complejo camino del arte.
Por una casualidad del destino conoció a la jovencita Emilia Betinelli, nacida en Azul el 25 de abril de 1890, hija de los italianos Ángel Betinelli y Melania Ferioli. Luego de un breve noviazgo, el 16 de enero de 1908, contrajeron matrimonio. Y pronto la familia comenzó a crecer; tuvieron ocho hijos: Evelina Elena (1908), Alberto Rubens (1909), Carlos (1911), César (1912), Hilda Blanca (1915), Saúl (1917), Emilia Elvira (1918) y Manuel (1920).           
Dotado autodidacta, a pesar de las vicisitudes económicas que supieron apremiarlo, gracias a su paso por la Academia de Estímulo de Bellas Artes comenzó a ejercer como docente en la Academia de Arte “Ministro Pinedo”(Escuela Normal), en el Colegio Nacional y en el Colegio Santa Teresa de Hinojo (Olavarría), dirigido por las Hermanas Misioneras Siervas del Espíritu Santo.
Cargado de una enorme sensibilidad, supo volcar en las telas diversos temas del pasado azuleño, principalmente todo lo referido a las luchas fronterizas y al mundo indígena con el que de alguna u otra forma había tomado contacto en su infancia y juventud. Así, desarrolló una riquísima etapa costumbrista en su carrera.
En los primeros años del deslumbrante siglo XX, conociendo los extraordinarios dotes que ostentaba Alberto, el general Francisco Leyría le solicitó a Alberto la concreción de una obra. Así nació el “Retrato del General Francisco Leyría”, que fuera realizado con una pintura clasicista y moderna. Por entonces también pintó varios autorretratos y “Retrato del general Esteban Pedernera” (que se encuentra en la Casa de Gobierno de la provincia de San Luis), “Retrato de María Aléx Urrutia Artieda”, “La mujer del pintor” (retrato de su esposa doña Emilia), “Retrato de niña” (su hija Emilia Elvira, “Lola”), entre otros.
También dejó rastros de su talento en diversas publicaciones ilustrando las portadas de Bernardino Rivadavia (1908), Juvenilla (1919), El Bachiller (1932), Unión Estudiantil y Rayitos (1935), y Maná (1939). Además fue autor de afiches, publicidades e ilustraciones especiales para actos conmemorativos, destacándose por ejemplo el afiche realizado para la “Semana de Azul” (Día de la Raza, 1918). 
Su paleta de colores, las escenas tan reales y vívidas planteadas, y esa nostalgia innata que se traslucía hasta en las escenas más aguerridas, le hicieron ganar pronto un considerable reconocimiento en nuestro medio.


Herederos de una pasión


Los ocho hijos de Alberto tomaron rumbos diferentes. Sin embargo, dos de ellos, al menos abiertamente, siguieron el camino de su padre… César inició sus estudios plásticos junto a su padre. En 1928 se trasladó a Buenos Aires donde completó su formación en la Escuela Nacional de Arte, teniendo como maestros a Emilio Pettoruti y Lino Enea Spilimbergo, entre otros. Su talento lo llevaría en 1966 a ganar el Gran Premio Internacional S.P.A. Bruselas, Bélgica; el Gran Premio de Honor del LXI Salón Nacional, y diversos premios nacionales, provinciales y municipales. En noviembre de 1990, en la ciudad de Santa Fe, inauguró el Museo López Claro, al que donó a la Municipalidad.
            Su hijo menor, Manuel, quien firmaría durante toda su carrera como Claro Bettinelli, también comenzó a estudiar pintura junto a su padre. Hacia 1950 se radicó en Buenos Aires donde concurrió a diversos salones nacionales y provinciales. Entre otros obtendría el Primer Premio Fondo Nacional de las Artes, Córdoba; Premio de la Crítica de Arte Salón de Morón; Primer Gran Premio Salón de La Plata; Primer Gran Premio Salón Italo Argentino de 1970. Integró el grupo “Seis Pintores de Hoy” realizando exposiciones en Galerías Velásquez y Van Riel y Museo Provincial de La Plata. En 1977 recibiría el Primer Premio del 66° Salón Nacional y el Gran Premio de Honor del Salón Nacional de 1983.
            Ellos provocaron una enorme satisfacción en Alberto, quien además, con el mismo orgullo que puede evidenciar cualquier padre que contempla el crecimiento de sus hijos, los acompañó y guió incansablemente.
            Sin embargo, todos aquellos años no fueron de absoluta felicidad pues se vieron atravesados por el dolor producido por una desgracia irremediable. En 1930, cuando tan sólo contaba con 19 años de edad, había fallecido Carlos López Claro. Toda la familia se sumió en una enorme tristeza; mas para Alberto, la muerte de uno de sus hijos sería un punto de inflexión, que lo llevaría a cambiar drásticamente su visión de la vida y hasta trastocaría su paleta de colores y su concepción pictórica.
Sin afanes de gloria, aislado de cualquier influencia foránea, se convirtió en dueño de un mundo de alegorías místicas, transformándose en un particular iniciador de la Tradición de los Misterios y del Superrealismo. Aquella fatídica ausencia lo llevó a preocuparse por el destino, por el irrefrenable ciclo de la vida y la muerte, tratando de develarlo, de descubrirlo y entenderlo. Así, impensadamente, comenzó a transitar por un sendero de profundos contenidos místicos a los cuales con ductilidad convirtió en hechos plásticos.


Pintores de sueños


El surrealismo o superrealismo es un concepto que proviene del francés surréalisme. Se trata de un movimiento literario y artístico que busca trascender lo real a partir del impulso psíquico de lo imaginario y lo irracional.
            El dadaísmo (que se opuso a la razón positivista y se rebeló contra las convenciones literarias burguesas) es el antecedente inmediato del surrealismo, cuyo primer manifiesto fue firmado en 1924 por el poeta y crítico literario francés André Breton, que entre otras cosas decía: “El surrealismo descansa en la creencia de una realidad superior de ciertas formas de asociación no tenidas en cuenta hasta hoy, de la omnipotencia del sueño, del proceso desinteresado del pensamiento. Tiende a arrasar definitivamente todos los mecanismos psíquicos restantes y a sustituirlos en la resolución de los principales problemas de la vida”.
El término surrealismo fue acuñado por Guillaume Apollinaire en 1917, cuando lo utilizó en el marco del programa que escribió para el musical “Parade”. Con el correr de los años, la noción experimentó diversos cambios y alteraciones.
Muchos han sido los artistas que se han convertido en auténticos referentes del surrealismo a lo largo de la historia. No obstante, entre todos ellos podríamos destacar, por ejemplo, al francés Marcel Duchamp que pasó a ser además un referente para el conocido movimiento pop. Entre sus obras más conocidas se encuentra “La fuente”. Tampoco hay que pasar por alto al español Salvador Dalí, uno de los mayores y mejores representantes del surrealismo que tiene tal vez como obra más significativa la que lleva por título “La persistencia de la memoria”.
De todas maneras, a pesar de no contar con el reconocimiento mundial, ni los recursos de los mencionados, Alberto López Claro supo construir su propio universo artístico en Azul, siendo un verdadero precursor en la materia.



El nacimiento de un nuevo artista

A partir de 1931, las obras de Alberto comenzaron a aparecer firmadas bajo el seudónimo de Claudio Lantier, nombre adoptado de la novela del francés Émile Édouard Charles Antoine Zola (1840-1902).
            Zola, íntimo amigo del pintor Paul Cézanne, escribió en 1886 L’Oeuvre (“La Obra”), novela en la que encarnó la figura de un pintor revolucionario, incomprendido, causa de burlas por parte de la burguesía parisina, rechazado en los salones de exposición y eterno disconforme con su arte, quien acaba suicidándose desesperado por la frustración. Ese personaje era Claudio Lantier.
            Muy posiblemente, Alberto se vio reflejado en muchos aspectos en la novela de Zola. Y aunque lejos estaría su pensamiento de acabar su vida con un suicidio, sin dudas sintió, palpó en primera persona, a la Muerte a través de la muerte de su hijo.
            Sin embargo, la vida siguió… Y su espíritu creador no se detuvo.
En la mañana del domingo 23 de octubre de 1932, en el Colegio Nacional, don Alberto, María Aléx Urrutia Artieda, el rector de esa casa Reynaldo G. Martín, su segundo Julio García Hugoni (oriundo de Bahía Blanca) y David Cordeviola, movidos por la misma inquietud, decidieron fundar una entidad de arte. Fue el propio Alberto quien propuso el nombre Agrupación Artística “Maná”. Esta institución se convirtió en un verdadero referente cultural de la ciudad que generó salones de arte, conferencias y talleres. Entre 1936 y 1942 editó la revista “Maná” que en su primer número señalaba: “desde esta revista de la Agrupación, invitamos a los escritores, en el deseo de que contribuyan al agrandamiento de la cultura azuleña. Ello provocará el acercamiento intelectual y dará margen a que sus producciones literarias se difundan (…)”. La publicación alcanzó un total de 30 números y entre sus colaboradores se destacaron Alfonsina Storni, Fermín Estrella Gutiérrez, Carlos Leiva, Bartolomé J. Ronco, Alfredo L. Palacios, Amado Nervo y Rubén Darío.
Durante muchos años dictó cursos libres de Dibujo y Pintura en la Escuela Nocturna, en la Biblioteca Popular y en Maná, como así también en su domicilio particular.
Junto a personalidades de la cultura azuleña como Santo Glorioso y María Aléx Urritia Artieda, formó parte del cuerpo de docentes de la Universidad Popular “José Hernández” -emplazada en el edificio que actualmente ocupa la Facultad de Derecho en la calle Bolívar entre Burgos y De Paula-, fundada por el filántropo coleccionista cervantista y hernandiano, doctor Bartolomé J. Ronco, en la cual dictó clases de dibujo.


El arte es esencia imperecedera


Alberto supo desenvolverse con soltura en el mundo del arte. Fue un noble ejemplo para sus hijos. Pero por sobre todo encontró en su mujer su más valioso respaldo. 
La figura de su esposa fue su más preciado respaldo. Doña Emilia desarrolló una infatigable actividad que estuvo estrechamente vinculada a los trabajos de su esposo, de cuya obra ella fue una parte invisible, pero indispensable, que alentó al hombre en su cotidiana labor.
Desde 1950, por tres años, y bajo el nombre de “Discurrimientos”, Alberto o Claudio Lantier comenzó a escribir reflexiones -que numeró del 1 al 184- de carácter filosófico y poético. Muchas de ellas son extensiones de sus cuadros. Esta tarea la llevó a cabo hasta su fallecimiento. La minuciosa dedicación y empeño puestos en estos escritos denotan la imperiosa necesidad de comunicarse y comprender el mundo. En muchos aspectos, “Discurrimientos” sirvió para asimilar la esencia de su obra, para entender su misterioso impulso melancólico, complejo y apesadumbrado por el devenir universal, pero esperanzado en los valores primordiales del alma. Allí, con una excelente caligrafía apuntó: “1- En todo ideal hay una trayectoria de flecha, desde el soñador arquero hasta la lejana estrella”; “5- El arte es esencia imperecedera”; “7- El secreto de la grandeza, en su verdadera acepción, de un pueblo, estriba en su capacidad creadora concurrente a conformar y a mantener un clima propicio al florecimiento de virtudes dignificadoras, de genios, de santos o de héroes.”. 
En el invierno de 1952 creó la “Peña de Almas Pan”, integrada por unos quince jóvenes atraídos por su personalidad y bajo su influjo paternal se reunían para reflexionar sobre el arte en su hogar. Aquella noche iniciática, tal vez la primera de las pocas que le quedaban para sus desvelos creativos, reveló ante los muchachos decenas de proyectos, ilusiones… No parecía tener 70 años de edad, porque tenía el ímpetu y la curiosidad de sus años mozos… En el titilar de estrellas y el movimiento grácil de suaves pinceles nació el emblema de esas almas: un corazón alado y una estrella en el centro.
Y aquella misma Avenida Mitre que lo vio nacer, esa que supo de sus alegrías y colores, un día lloró con toda la comunidad. El jueves 23 de octubre de 1952, poco después del mediodía, Alberto López Claro falleció repentinamente en su querido hogar. La capilla ardiente se montó en su propio domicilio, entre sus cuadros, ante la mirada absorta de familiares y amigos que en ese momento comprendieron que para él se acababa de revelar el misterio del infinito ciclo de la vida y la muerte. Claudio Lantier aún continúa preso en esa dualidad…


dibujo al lapiz Raul Gallardo












jueves, 16 de septiembre de 2010

Intendente Profesor Ruben de Paula


vista del sepulcro de de Paula

En las elecciones celebradas el 30 de octubre de 1983, el Profesor De Paula, apodado por sus intimos "Poliya"; para sorpresa de muchos gano por 13.278 votos, casi mas de 3.000, sobre su seguidor
Su obra en la intendencia se caracterizo por la promocion de los deportes, la cultura,el turismo, los planes de viviendas, de forestacion, pavimentacion-Con esta obra titanica  gano la candidatura para un segundo mandato, al que llego apuntalado por 17334 votos.
Nofue facil, este mandato, es que la situacion del pais era dificil, pero el sigue adelante y se gano la confianza del pueblo de Azul y del partido radical, y asi logro un tercer mandato,ganado por 18.900, votos-Sigue con su plan y mostrando sobre todo una gran honestidad.
el 22/12/1993 sufre una descompensación
Luego de unos días,es trasladado a  La Plata, y asi entramos en el año 1994, y el 11 de enero, a los 61 años fallece.
Hoy día se recuerda con cariño y respeto, a quien con  la llegada de la Democracia, supo interpretar a los azuleños , correligionarios o no, pues su conducta traspasó las ideologías políticas


Vuelvo a compartir este recuerdo del gran Poliya De Paula!
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Texto periodístico - Publicación de Diario El Tiempo
LA BIOGRAFÍA DE RUBÉN CÉSAR DE PAULA
Nota 2015: buscando otros materiales, hace pocos días hallé esta nota de mi autoría sobre el ex intendente De Paula, publicada en el diario donde yo trabajaba, poco después del fallecimiento del jefe comunal. No hallé la copia en papel, sino el texto tipeado a las apuradas (como siempre ocurre en las redacciones de los diarios), en una antigua Macintosh. Y pensé que hoy, a 21 años de aquel día de luto para toda la comunidad azuleña, esta nota podía desempolvarse. Creo que se publicó con el título "Hijo del pueblo", pero no he conservado el encabezamiento, sino el texto en bruto. Es un poco extensa, pero para quien pueda interesarle esta historia del Azul reciente, aquí comparto la biografía y agrego una foto de aquellos años, de propiedad de diario El Tiempo.
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Por Marcial Luna
¿Cómo es posible construir una alianza social lo suficientemente sólida en una comunidad de 60 mil habitantes, que resulte para otros imposible de igualar desde el ámbito gubernamental? ¿Cómo un hombre representativo de la clase media azuleña logra establecer un sincero contacto con los sectores más desprotegidos de la sociedad? ¿Cuál es la fórmula para que un pueblo, tres veces consecutivas, no dude en votar y, aún más, aumentar su caudal de votos en favor de un hombre, más allá de la posición partidaria? Ese hombre, el que tenía las respuestas a tales preguntas, falleció el 11 de enero de 1994, luego de haber desarrollado en su terruño una prolífica actividad a través de la educación, el deporte, la participación en las entidades intermedias y, por último en orden cronológico, en la función pública. El mismo hombre que fue elegido tres veces intendente municipal de Azul por el voto popular. Ese hombre, Rubén César De Paula, es el objeto de esta biografía.
La Navidad de Rubén
Raquel Tancredi, hija de un inmigrante italiano anarquista –llegado a la Argentina a fines del Siglo XIX, como tantos otros europeos a los que la pobreza estaba asfixiando–, contrajo matrimonio con un hombre nacido en la ciudad de General Alvear, Francisco Salvador De Paula, de oficio imprentero. Juntos conocieron las dificultades de la vida, la necesidad del esfuerzo diario. Tuvieron una casa, típica de las familias obreras argentinas: del tipo “chorizo”, con pilares al frente, un portón, la amplia galería en la que desembocaban las habitaciones y desde la que se podía admirar la belleza de un día soleado pero también la fascinante caída de la lluvia. Una casa con mucho fondo. La casa característica del obrero argentino en los años 30. Y en ella, al tiempo, hubo lugar para un nuevo integrante. Raquel estaba embarazada y dio a luz un bebé en casa de una hermana, en la calle San Martín, cercana a la plaza del centro. Fue así porque era lo acostumbrado en aquellos años, en los que pocos partos se producían en el Hospital. Don Francisco quería que su hijo llevara su nombre, pero se impuso la preferencia de la madre del recién nacido. Ella lo llamó Rubén César, le encantaba el nombre.
Los De Paula ya eran tres. El niño había llegado casi con la Navidad: nació el 24 de diciembre de 1932. Había una boca más para alimentar y el padre de la familia siguió trabajando arduamente, sin parar un solo momento, sorteando las dificultades que, en forma cíclica, siempre han castigado con severidad a la clase media argentina, a la del esfuerzo y el trabajo. Con los años la familia creció nuevamente: doña Raquel –aunque el “doña” se utilizaba, y aquí se hace con la misma intención, desde la concepción del respeto, puesto que era una mujer joven–, dio a luz esta vez a una niña. María Raquel vino a completar la composición de la familia De Paula, cuando el país vivía tumultos políticos y la democracia continuaba siendo vapuleada.
La casa de los De Paula estaba ubicada en la calle Leyría entre la avenida Humberto I y Olavarría, frente a la que luego sería la vivienda del ex intendente, contigua a la sede del club Chacarita Juniors. Ese fue el barrio en el que Rubén dio sus primeros pasos, creció sanamente y recibió las grandes primeras lecciones de vida: honestidad y empeño.
Pero nada de ello fue casual. El entorno familiar fue fundamental para que esos procesos, que fueron esculpiendo con precisión los valores en Rubén, se pudieran desarrollar sin desviaciones. Hubo, principalmente, dos presencias masculinas muy fuertes en este sentido. Una fue la del propio padre, don Francisco, y otra la del abuelo materno, José Tancredi.
Fuertes figuras
Don José era una figura patriarcal dentro de la familia. Se imponía en las largas mesas de los domingos, único día en que en la casa de obreros se comía un postre. Anarquista confeso, había nacido en Cosenza, Italia. Era rubio y de ojos claros, de oficio carpintero. Su casa estaba a metros de la de los De Paula, en la avenida Humberto entre Leyría y España. José era un hombre, como todos los anarquistas de aquella época, muy culto. Aunque Rubén y Raquel eran niños, les hablaba de Espartaco, de Sócrates, de Cristo. Pero no a modo de lección, sino en la charla cotidiana, en la naturalidad del hogar o de la propia carpintería, donde los niños pasaban varias horas. Don José sufrió en carne propia la persecución policial por profesar una ideología contraria al sistema –que en muchos casos, en este país, terminó con la expulsión del territorio o, aún más trágico, en el asesinato–, pero era un luchador que había llegado con ideas innovadoras y trabajó duramente. Fue uno de los impulsores de la jornada de ocho horas de trabajo y férreo defensor del mutualismo, a tal punto que fue uno de los fundadores de la Sociedad de Socorros Mutuos, luego denominada Italo Argentina. Por la carpintería de don José, Rubén César De Paula correteó toda su niñez. Y así, entre gubias, formones y también entre los tipos y las formas de la imprenta de don Francisco, se fue templando la personalidad de quien sería luego uno de los hombres más trascendentes para la comunidad azuleña.
Don Francisco fue no sólo su padre, sino una de las pocas personas que lo llevó a consustanciarse con la importancia de andar por el buen camino, nutriéndolo de los valores que nunca debían deshilacharse. Podría decirse que don Francisco marcó prácticamente todo su camino: “Ni bien nació, papá lo llevó al Comité y lo hizo socio de Alumni”, recordó Raquel De Paula, de manera anecdótica, pero reconociendo a su vez la significación de esa síntesis. El deporte y la política serían, para De Paula, los dos ejes centrales en su vida comunitaria. Y la familia sería el sostén fundamental para que todo ello pudiera ser así.
Nacido en General Alvear el 12 de julio de 1898, don Francisco no podía ser otra cosa que radical. Allí se decía que cada vez que nacía un varón, sería radical. Y sin dudas ello revela una tradición política de la ciudad y, por qué no, familiar de los De Paula. Francisco estuvo siempre vinculado al periodismo, a las artes gráficas, a la imprenta. Era todavía un muchachito, en General Alvear, cuanto cierto día estaba en el diario “La Reacción” y tuvo la oportunidad –algo de lo que siempre se sintió orgulloso, honrado– de cebarle mate a Hipólito Yrigoyen. Por esos años –1913– el caudillo radical estaba empadronado en el distrito de Alvear. Tres años después, en la primera elección tras la sanción de la Ley Sáenz Peña, Yrigoyen sería elegido presidente de los argentinos. Don Francisco, al contar este episodio, siempre recordaba que en el distrito alvearense, cerca de la Estación Micheo, estaba situado el establecimiento de campo que era propiedad de Yrigoyen.
De Paula llegó a Azul en 1916 y comenzó a trabajar en el diario “La Acción”, que dirigía Pascual Llorente. El periódico hizo la campaña a favor de Yrigoyen, publicó íntegramente la Divina Comedia y luego cerró. Don Francisco estuvo entre los azuleños hasta 1920, año en que regresó a su natal General Alvear. Allí fundó el periódico “La Palabra”, pero no tardó demasiado en regresar a Azul, ya definitivamente. Su capacidad le permitió convertirse en uno de los obreros gráficos más hábiles y eficientes del centro bonaerense, a tal punto que sus servicios fueron requeridos por diversas empresas de la especialidad. De hecho, llegó a ser jefe de taller en el famoso vespertino azuleño “El Ciudadano”. La imprenta de De Paula estuvo primeramente en San Martín y Uriburu, luego en San Martín y Rivadavia, Yrigoyen y Necochea y desde 1943 don Francisco instaló su taller en Yrigoyen 641. “Gütemberg” se llamó esta imprenta, a quien le rindió homenaje permanente con su capacidad laboral y honradez.
Su pasión era la lectura. Ello puede explicar una actitud constante en él: ante la menor duda, obligaba a sus dos hijos, Rubén y Raquel, a recurrir al diccionario, al libro, la fuente del saber. Se los inculcaba como un hábito, porque de ese modo lo había asimilado él mismo. Y murió con esa convicción. Al momento de cumplir los 80 años de edad, Raquel “pescó” una conversación entre sus padres. Don Francisco le decía a su mujer que, para ese nuevo cumpleaños, le gustaría recibir un “diccionario actualizado”. Eso sintetizó su existencia. Sus hijos, a las pocas horas, le entregaron el regalo que esperaba y, en la primera página, se lo dedicaron con tan sólo dos palabras: “Con admiración”. Don Francisco dejó de trabajar en 1974, luego de 65 años de actividad ininterrumpida en el oficio gráfico. Todo un récord.
Y, sin dudas, la presencia femenina que lo marcó más significativamente a Rubén fue la de su madre. La hija del italiano anarquista que oficiaba de carpintero en un remoto pueblo de la pampa argentina, lejos de su tierra natal, tenía también una sensibilidad muy especial y una fortaleza igualmente significativa. Les recortaba a sus hijos, de las páginas del diario El Día de La Plata, los artículos literarios, culturales, y se los hacía llegar cuando ambos estudiaban sus carreras terciarias en La Plata. Su preocupación por la cultura era constante. También, cuando fue necesario el chirlo ante un mal comportamiento, no dudó en aplicarlo.
Un niño precoz
De la niñez de Rubén César De Paula surgen otros datos reveladores, que permiten dimensionar mucho mejor lo que luego sería su desempeño comunitario. A los nueve meses ya caminaba y a los 4 años de edad ya sabía leer y escribir, un caso raro para la época o, al menos, poco habitual. Don Francisco lo llevaba a caminar por las calles de Azul, a esa temprana edad, y cierto día descubrió que su pequeño hijo ya leía en voz alta los carteles de los comercios por los que pasaban. Ese día, cuando regresó ansioso a su hogar para contar la novedad, lo hizo con asombro ante una madre que también escuchó sin poder dimensionar la situación en ese preciso momento. En todo caso, mucho antes que a la comunidad, Rubén logró sorprender a sus propios padres, cuando tan sólo tenía cuatro años. Ello le significó que, aunque cumpliera con la educación inicial en el jardín de infantes de Inmaculada Concepción, esos primeros años transcurrieran con cierto aburrimiento para un niño con tales características. Debido a esta precocidad también tuvo que cursar varias veces el primer grado, hasta que el régimen oficial de educación le permitió el ingreso “normal” y, desde entonces, completar su educación. Hizo un primer grado en Inmaculada, otro en la Escuela N° 1 y, finalmente, el primer grado “formal” ya en la Escuela Normal, a pocas cuadras de su casa natal. Allí también completó sus estudios secundarios y luego pasaría muchos años ejerciendo la docencia.
Se lo recuerda en la niñez como un chico travieso, inquieto, un “caso raro” para la época por los detalles antes señalados. Una tía le puso el sobrenombre “Poliya”, aunque en la familia no se recuerda por qué motivo lo hizo. El apodo lo acompañaría para siempre. Sin lugar a dudas puede decirse que fue un hijo ejemplar, con una gran devoción y respeto por sus padres y su familia. Cuando ya iba dejando atrás las características de “niño”, Rubén pasaba todas sus vacaciones, el receso escolar, en la imprenta de su padre. Don Francisco, estricto, le había impuesto un horario y, lentamente, le fue enseñando el oficio de las artes gráficas. Era habitual verlo a Rubén dándole al pedal de la Minerva, ya cuando los pulmones de su padre no aguantaban el trajín. ¡Y ni pensar en llegar tarde! Si para las 9 de la mañana Rubén no estaba en la imprenta, se hacía acreedor a un buen reto. El horario impuesto había que cumplirlo.
En su barrio, junto con su hermana y un amigo del vecindario, Mario Laurini –a quienes la política luego convertiría en adversarios, aunque se logró conservar el respeto–, Rubén formó el Club Defensores de la Avenida Humberto. La entidad tiene su propia historia –que algún día será escrita–, pero que puede resumirse con algunos ejemplos. Siendo niños aún, con el club organizaban certámenes literarios, carreras de autitos con rulemanes, torneos de papi fútbol, toda una actividad moderna, innovadora, adelantada para la época –por qué no–, desde el punto de vista deportivo, social y cultural. El club tenía su propia sede. El abuelo anarquista les prestaba su propia casa y así los niños organizaban y desarrollaban representaciones teatrales. Había un parlante y se utilizaba para anunciar las presentaciones, que luego eran presenciadas y disfrutadas por los vecinos del barrio. Aquella experiencia “de avanzada “ aún es recordada por antiguos vecinos de ese sector de la avenida Humberto.
De profesión: docente
Rubén César De Paula perteneció a la promoción de 1951 de la Escuela Normal de Azul. Inició el ejercicio del magisterio en la Escuela N° 10 de Rauch y luego se dedicó por completo a la especialidad de la Educación Física, en la que actuó durante muchos años a nivel secundario. Siguió el profesorado y obtuvo la reválida del título en La Plata, donde logró la acreditación correspondiente con la que luego se desempeñó tanto en el ámbito educativo como así también en el deportivo.
Por mucho tiempo fue maestro rural, trabajó en las escuelas de campo, pasó por Rauch y Chillar dando continuos ejemplos de laboriosidad y honestidad, de esfuerzo y constancia. Lentamente, se fue perfilando como un gran planificador y organizador, con un sentido estratégico más que rígido, y siempre persiguiendo metas con claridad. Muchos lo consideran un pionero y se recuerda que cuando se instauró el denominado “Proyecto 13” en la educación nacional –en el año 1970, en momentos en que se planteó una reforma profunda en el sistema de nivel secundario y se eligieron algunos establecimientos para aplicarlo; en el caso de Azul, en las escuelas Normal y en la Técnica Vicente Pereda–, ya se desempeñaba como jefe de Departamento de Educación Física en la Escuela Normal de Azul y, en tal sentido, su participación fue decisiva en la aplicación exitosa de la nueva modalidad.
De Paula amaba el aire libre, las plantas. Era un hombre al que le interesaba todo lo relacionado con la naturaleza. Seguramente por ello fueron permanentes los campamentos que organizó para sus alumnos de Normal, en viajes a distintos puntos verdes de Azul pero también a otras provincias. La vocación de servicio fue creciendo en él a la par de su crecimiento biológico. Ya como docente del Colegio Nacional de Azul, Rubén fue tutor de cursos de egresados. Inculcó en sus alumnos –tal como hoy lo recuerdan–, la austeridad, el trabajo silencioso. De ese modo trabajaron en clubes de artes y letras, organizaron espectáculos artísticos. Los Chalchaleros fue uno de los grandes grupos contratados por el club colegial del Nacional –en el que participaba, junto a otros alumnos, el actual director de la Región Sanitaria IX, doctor Carlos Turchetta–, junto a otros conjuntos que cotizaban alto en la década del ‘60 y ‘70.
Y el mismo ejemplo que dio a sus alumnos era el que se evidenciaba ante su familia. El 16 de febrero de 1963 Rubén César De Paula contrajo matrimonio con el amor de su vida, Carmen Vulcano. La ceremonia religiosa se realizó en la Parroquia de San Antonio, donde también la pareja celebró el 25° aniversario de casamiento. Lograron comprar la casa de Leyría entre Olavarría y Humberto, en la que habían vivido sus padres, él y su hermana. La refacción de esa vivienda fue todo un proyecto para Rubén, pero sin entrar en detalles rimbombantes o extremadamente decorativos, sino con buen gusto, pero sencillo. Esa fue la fórmula que aplicó. El hogar de Rubén y Carmen pronto supo de llantos y pañales. El 26 de julio de 1965 nació Valentina. Y deberían pasar diez años para que otro ser ocupara un nuevo espacio en la familia: Carolina nació el 7 de noviembre de 1975. Esa familia, que construyó junto a Carmen Vulcano, fue decisoria a la hora de apuntalarlo, luego, cuando debió afrontar decisiones que no sólo le cambiarían la vida, sino que harían lo propio con la comunidad. Como era De Paula, sin ese apoyo no hubiera podido hacerlo.
La pasión deportiva
Al mismo tiempo que ejercía la docencia en establecimientos educativos azuleños, De Paula prestaba sus servicios en instituciones deportivas y sociales como Alumni Azuleño y Azul Athletic Club. En este último club dirigió durante mucho tiempo la famosa Escuela Integral del Deporte. Pero su actividad en estas disciplinas es muy amplia, por lo que, al igual que en el aspecto político, en esta oportunidad sólo se hará mención de algunos aspectos.
Como docente de la Escuela Normal de Azul, Rubén César De Paula logró constantes triunfos al frente de los equipos de básquet de ese establecimiento educativo. De hecho participó de la formación de jugadores que luego serían figuras de ese deporte a nivel local. Tal fue el caso de Arnalfo Marina, Guillermo Garaicoechea, Osvaldo Andalor, Justiniano Bos, Carlos Alvarez, Juan Gallaso, Norberto Noseda, Ismael Tálamo, entre otros. Sus equipos en reiteradas oportunidades llegaron a las instancias finales de los Campeonatos Evita, que se disputaban en la ciudad de La Plata. De Paula, como jugador, integró los equipos de básquet de Alumni Azuleño, club en el que también se desempeñó como entrenador de los niveles infantil y juvenil. Además integró el equipo conocido como “Los ases del Sud”, de baloncesto. En el año 1971 Rubén fue designado presidente de la Asociación Centro de Básquetbol y al disolverse ese ente, comenzó a prestar apoyo al voley. El presidente de la Federación Bonaerense de Voleibol era Eduardo Arroyo y De Paula ocupó en esa institución el cargo de secretario. Luego, junto al profesor Alberto Arouxet fue nombrado delegado regional de las Competencias Intercolegiales Regionales.
De Paula también estuvo cerca de los equipos locales de fútbol, acercando su aporte en la preparación física. En el club Alumni acompañó el desempeño de los técnicos Lindolfo Terán y Juan Carlos Melián, en los años ’70. A mediados de esa década Azul Athletic lo convocó para desarrollar su proyecto de Escuela Integral del Deporte, acompañado por los profesores Juan Carlos Saldaño y Mirta Belén en una primera instancia, y luego a Jorge Ridao, Laura Gandolfi y Alberto García, además de Belén y el propio De Paula, quien desempeñó la tarea de coordinador general. En ese contexto fue el preparador físico de los planteles superiores de fútbol del club Azul Athletic.
Mario Vitale, en una nota que escribió para El Tiempo, logró una perfecta síntesis al titular “Rubén César De Paula. Familia, política y deporte: su triángulo de vida”.
Los años ’80 comenzaron a transitar hacia el camino que llevaba a la recuperación de la democracia y, desde ese momento, la vida del profesor De Paula dio un vuelco importante y lo llevó a dedicarse por completo a la política en servicio de la comunidad.
Pero antes de que ocurriera esto, dejó un testimonio escrito. Se trata del libro “Mis apuntes”, realizado en coautoría con el profesor Norberto Ladirat.
Precisamente Ladirat –que en octubre de 2001 fue electo concejal por la agrupación Vecinos por Azul– recordó especialmente para esta biografía ese momento de sus vidas. “Cuando por disposición del Ministerio de Educación, a través de la Dirección de Educación Física, se pidió la planificación o los programas de esa disciplina para las secundarias, hicimos un trabajo respetando esas disposiciones. Pero ese trabajo había tomado tal dimensión, era tan extenso y rico, que la inspección zonal nos instó a presentarlo ante el organismo al que pertenecíamos, la Dirección Nacional de Educación Física. Allí se vio con buenos ojos ese trabajo realizado y nos recomendaron, porque creían que era muy interesante, que lo publicáramos o, caso contrario, la Dirección lo iba a hacer oficial si nosotros lo cedíamos. Con Rubén optamos por publicarlo. Nosotros fuimos los autores y los editores. Más que nada –recordó Ladirat– estábamos satisfechos porque ya decíamos que teníamos un hijo, habíamos plantado un árbol y ahora hasta habíamos escrito un libro. Nos llevó más de un año de trabajo y se llamó ‘Mis apuntes’. Fue el primer libro que se adaptó a los programas nacionales de Educación Física”.
Ladirat también recordó que “Rubén fue el que me instó a seguir estudiando. Fuimos compañeros en la docencia y también socios en el primer instituto privado de actividades física que tuvo Azul. ‘Areté’ se llamó y comenzó a funcionar en 1963 en Colón y Guido Spano, donde ahora hay una tintorería. Luego, por las exigencias del mercado, pasamos a Bolívar y Necochea y de ahí, por la buena recepción de la población, nos fuimos a Yrigoyen entre Necochea y Arenales. Tuvimos la suerte de traer al primer dietólogo a Azul, luego al primer kinesiólogo, porque complementábamos nuestra actividad con profesiones afines a la educación física. Más tarde, por los avatares de la economía, que también en esa época nos pegaba duro, tuvimos que cerrar, entre 1967 y 1968. Luego, con la anuencia de Rubén y los profesionales con que trabajábamos, yo seguí en forma particular”.
El ‘63, evidentemente, fue un año de grandes proyectos, de enorme satisfacción para De Paula. Ese año nació su primera hija, progresaba en su actividad profesional y la política le daría la primera gran satisfacción: una banca en el Concejo Deliberante de su ciudad.
La carrera política
Rubén César De Paula llegó al partido de Leandro N. Alem siendo prácticamente un niño. Ya se apuntó que fue su padre, don Francisco, quien, como verdadero ejemplo de todas las buenas cualidades que pueda tener un individuo, lo puso desde pequeño en la senda del trabajo y la honestidad. Pronto, integrado en el sector juvenil de la UCR azuleña, Rubén se reveló como un discípulo distinguido de los dirigentes de mayor relevancia. De hecho, en 1960 llegó al cargo de secretario general de la Juventud Radical y poco después apareció en la función pública como integrante de la bancada radical, luego de la elección del 7 de julio de 1963, en la que Pedro Armando López surgió como intendente. A De Paula se le confió nada menos que la presidencia del bloque de concejales. A su lado estaban Clemente Gazzolo –presidente del Concejo Deliberante–, Santos Olguín, Julio César Schiaffino, Antonio Goenaga, Amelia Esther Prat, Mauricio Alberto Ponthot, Martín Arrouy, León Zitta y Ernesto Hesayne.
Con una concepción “de avanzada” en la política, no fue extraña su intensa participación en el Movimiento de Renovación y Cambio del doctor Raúl Alfonsín, desde su propio origen. En 1983 su candidatura a intendente municipal fue promovida por ese sector interno de la Unión Cívica Radical. Y resultó una prueba de fuego para el profesor azuleño, que en la elección del 30 de octubre de 1983 el triunfo arrollador de Raúl Alfonsín, en gran medida, le facilitó la llegada al municipio. En ese primer período, 1983-1987, De Paula demostró sus condiciones de conductor político, gobernante honesto y buen administrador de la cosa pública. Su sólo nombre se constituyó en una sólida plataforma. Todo ello fue suficiente para que en las dos elecciones siguientes, en 1987 y en 1991, la comunidad azuleña le ratificara su confianza en forma mayoritaria. En ese último año se constituyó en el primer intentende de la historia de Azul que fuera elegido para tres períodos consecutivos.
En esta biografía –acotada por razones de espacio, pero que promoverá seguramente futuras publicaciones– es imposible mencionar la obra desarrollada por el intendente De Paula en esos tres períodos de gobierno comunal, pero sí al menos permite analizar los números que arrojaron las elecciones en las que participó, como candidato para la Intendencia Municipal de Azul.
En el año 1983 Rubén César De Paula (UCR) obtuvo 13.278 votos, frente a los 10.294 logrados por Mario Laurini (PJ), su amigo de la infancia.
En 1987, De Paula llegó a los 17.334 votos, mientras que el justicialista Juan Barberena trepó a los 15.166.
La elección de 1991 fue la más significativa para el radical: mientras que De Paula obtuvo 18.900 votos, el justicialista Nicolás Castiglione logró sólo 12.191.
El dibujo del voto de Rubén César de Paula en el distrito de Azul, desde 1983 hasta 1991, fue en permanente crecimiento.
También se pueden analizar los cortes de boleta, desde 1983 a 1991, y ello es lo que revela el crecimiento de la figura política de De Paula.
En 1983, los 13.278 votos logrados por De Paula para la Intendencia Municipal de Azul, contrastaron con los 19.759 obtenidos por Alejandro Armendáriz para la Gobernación de la provincia de Buenos Aires; y los 19.943 obtenidos en Azul por Raúl Alfonsín, el consagrado presidente de la Nación. Hubo más de seis mil boletas cortadas en el distrito azuleño en detrimento de De Paula.
En 1987, mientras De Paula llegaba a los 17.334 como candidato a intendente municipal, Juan Manuel Casella lograba 16.226 como candidato a Gobernador –fue derrotado por el justicialista Cafiero en la provincia–. El corte de boletas esta vez fue favorable al intendente azuleño, que lograba de esta manera su primera reelección.
En 1991 De Paula llegó al máximo de votos: 18.900, mientras que el candidato a gobernador de la provincia, Juan Carlos Pugliese lograba a nivel distrital sólo 12.062 –y caía derrotado por el justicialista Eduardo Duhalde–. A diferencia del 83, en el 91 el corte de boletas perjudicó al candidato provincial, en tanto reveló el notorio fortalecimiento de De Paula en el electorado azuleño.
Como periodista, primero de Radio Azul luego de este diario y otros medios locales, el autor de esta semblanza mantuvo numerosas entrevistas con el intendente De Paula. En una de esas oportunidades Rubén recordó: “Yo fui concejal dos veces. En 1963, durante el gobierno de Arturo Illia, vivimos un período bastante interesante, pese a que el peronismo estaba proscripto. Y tuve la suerte de presidir el bloque radical, aún siendo integrante de la juventud. Después fui concejal en el año 1973, cuando éramos la minoría de la minoría, porque ya estaba en el movimiento de Renovación y Cambio. Los dos golpes (militares), el del ’66 y el del ’76 verdaderamente a quienes sentimos la democracia como algo propio, me dolió y lo viví como una frustración. Yo sigo pensando que a los gobiernos se les gana en las urnas y con propuestas serias y responsables. El estado de derecho no se puede quebrar, por más difícil que sea la situación. Del ‘76 al ’83 lo viví como muchos argentinos. Estando proscripta la militancia política, había una llama viva que eran las reuniones ‘clandestinas’ que podíamos realizar. No fui perseguido. Mi actividad docente me permitía estar en contacto con la gente y los alumnos. Todos conocían mis ideas, pero en ningún momento tuve presión”.
De Paula, por otra parte, tenía un profundo respeto por su partido, la UCR, más allá de que con algunos dirigentes mantuviera diferencias irreconciliables. “Creo que si hay algo que debo reconocer, tanto a nivel partidario como de la misma gente, es que el partido nunca me puso condiciones para gobernar, ni muchos menos digitó colaboradores o propuestas. El partido elaboró y colaboró en preparar los programas. Claro que no tenemos que ser desmemoriados, porque se vivieron contingencias internas dentro de la UCR que, en algunos momentos, hasta fueron un poco violentas, por lo descarnadas. Pero eso también nos fortaleció y nos demostró que no había caminos tan equivocados en la gestión. Presiones de las otras fuerzas políticas, tampoco; porque hubo madurez en casi todos los temas. Si digo que tuve presiones y que se dificultó el accionar de mi gobierno, sería injusto”.
Rubén era un hombre muy seguro de sí mismo. Cierta vez quien escribe esto le preguntó sobre sus temores frente a una elección. Y la respuesta vino a confirmar la afirmación que se realizó anteriormente: “Nunca pensé que podía perder (una elección). Sabía que estaba el juego de la democracia, pero íntimamente en la del ’87 pensaba que estábamos ganando. Pero ahí estuvo el fenómeno Cafiero y hubo un arrastre; el radicalismo perdió casi el 50% de las comunas. En el ’91 tampoco pensaba que iba a perder, pero tampoco creía que iba a ganar por tanto margen”.
Poco antes de morir también dijo: “Yo ando por las calles todos los días, camino solo, no tengo problemas en hablar con toda la gente y no tengo ninguno de mis actos que me digan ‘de esto te tenés que arrepentir’. Creo que todo lo que hicimos fue hecho con convicción, están a la vista todas las cosas en las que pueda haber aluna duda y el Tribunal de Cuentas en esto juega un rol importantísimo, al igual que la comunidad. Si la comunidad supone que no hay una gestión transparente, no reincide con el candidato”.
A título personal
Fueron muchas, difíciles de contar, pero la última entrevista que mantuve con De Paula fue el 11 de diciembre de 1993. Exactamente un mes después el intendente dejaba de existir. Hoy, al volver a leer ese reportaje, la tristeza se profundiza, por varios motivos. Uno es el aspecto rozagante que tenía De Paula y que ha perdurado en las fotos de esa entrevista. Nada hacía pensar que una fulminante enfermedad terminaría con su existencia tan sólo treinta días después. Otro motivo son las propias declaraciones. La entrevista duró más de una hora, en su despacho. De pulcro traje y corbata azules, camisa blanca, sus anteojos bifocales, sin papeles en el escritorio. No los necesitaba. Se pudo hablar de muchas cosas, porque el motivo central del reportaje era recordar nada menos que diez años de la recuperación de la democracia y diez años de su asunción como intendente de los azuleños. “Yo me siento en condiciones de asumir un nuevo mandato. De lo que estoy seguro es que no lo voy a hacer”, dijo ese día.
Recuerdo que me sorprendí por la seguridad de esas palabras, a tal punto que se lo pregunté. “Uno está en plenas facultades para terminar esta gestión –me respondió, cuando transitaba su tercer período de gobierno municipal y estaba lejos de aparecer hastiado por la función pública, bien entendida como servicio a la comunidad–. Y creo que si uno está dispuesto a seguir su vida política, creo que está en condiciones de ir a alguna otra función, si es que le toca. Si no le toca tendrá que ir a la casa”. De Paula, siempre, decía “uno” para referirse a él mismo. Fue otra de sus características personales.
Su preocupación estaba centrada en el municipio, pero también en la política partidaria. “Yo quiero terminar bien estos dos años –me comentó– y ver cómo se reorganiza mi partido político, porque hoy está sufriendo una gran transformación. Hay que ver cómo se encamina eso. Yo apunto a seguir mi carrera política, pero tengo que ver cómo va a ser la organización interna de la UCR, para ver si es una pretensión válida o no”. El radicalismo, en ese momento, experimentaba nuevos realineamientos y posicionamientos internos, y todo ello no dejaba de preocupar al intendente azuleño. Ya se ha dicho que la política era una de sus grandes pasiones, pero la política como efecto de cambio, como generadora de proyectos para su aplicación en la comunidad, en busca de soluciones para los problemas cotidianos. Esa era la política que le interesaba a De Paula.
El 11 de diciembre de 1993 también pude hurgar en sus sentimientos. Así fue que me reveló su aspiración, su sueño en cuanto a la función pública: “A mí me gustaría pisar la Legislatura, pero a nivel nacional. No tengo ninguna duda, pero eso ni siquiera es una decisión de los azuleños. Necesitará de su respaldo, pero es una decisión seccional y provincial. Me quedo con eso de ‘gustaría’, después veremos. Pero también digo que si me toca estar en casa lo voy a hacer”. Así era De Paula, contundente, seguro, sin medias tintas.
Y decía que la lectura de ese antiguo –o no tanto– reportaje genera aún mayor tristeza, porque revela las ganas de vivir que tenía De Paula. Esto se observa en cada línea: permanentemente hablaba de proyectos. Desde el Congreso hasta su casa, pero siempre un proyecto. Y también revela el sino trágico de algunas de sus palabras: “Ya son doce años que a uno lo ha reconocido la comunidad. Es suficiente premio hacia un servidor público. Estoy convencido de que el intendente De Paula no va a tener cuarto mandato”. Hablaba él, en tercera persona.
Recuerdos profundos
De Paula no pasó inadvertido, ni en su comunidad ni en el ámbito nacional. El ex gobernador de Buenos Aires Alejandro Armendáriz recordó al “intendente viajero, al que se había trazado un norte. El empezaba en la gobernación o en un ministerio y terminaba tal vez en una repartición. Así, con esa perseverancia, las cosas fueron saliendo y aparecieron las escuelas, los jardines de infantes, los desagües pluviales, el gas para Chillar y Cacharí, las viviendas. De Paula estaba apurado para que se hicieran viviendas” y también memoró que “cuando viajábamos en el ‘tren de la esperanza’, queriendo unir la capital de la provincia con la nueva capital que iba a tener la Nación en Carmen de Patagones, y paramos en la estación (ferroviaria de Azul), ahí nos estaba esperando De Paula, con un contrato para que lo firmáramos ahí, en el andén, para no perder un sólo día, porque al otro día había que empezar a construir un barrio de viviendas”.
Luego de haber gobernado Buenos Aires, Armendáriz recordó que “unos años después yo estaba al frente del Pami y notaba que se maneja descentralizadamente a través de las delegaciones regionales, y en el centro de la provincia faltaba algún poder decisorio. Estaba en La Plata, Mar del Plata, Bahía Blanca y, por qué no, Azul. Lo llamé a De Paula, vino a mi oficina y ahí convinimos y surgió la delegación regional de Azul”.
Armendáriz vino a confirmar además una decisión política que nunca llegó a adoptarse. “Tuvimos una entrevista muy importante y decisiva para mí. Un día (De Paula) junto con dos amigos más de la sección (electoral), me llamaron por teléfono y me dijeron que querían verme en forma urgente y que iban a ir a Buenos Aires para hablar conmigo, cuando corrían los primeros meses de 1991. Nos encontramos en una confitería y tomó la palabra Rubén para decirme ‘doctor, queremos que usted sea el diputado nacional por la Séptima Sección Electoral’. Poco tiempo después, reunidos en Azul, pidió la palabra en la asamblea seccional para proponer concretamente mi nombre para esa banca, que he venido ocupando desde el año ’91 hasta el 10 de diciembre (de 1995). Banca que todos sabían que, cuando yo terminara, era para Rubén De Paula. Porque la merecía. Porque era el hombre de mayor prestigio. Y así hubiera sido, de no haber mediado este destino ingrato que a principios de 1994 tronchó una vida, cuando tanto y tanto se esperaba de él”, dijo Armendáriz.
Mario Laurini, ex concejal justicialista, fue uno de los clásicos adversarios de Rubén De Paula. De hecho, frente a él perdió la elección municipal de octubre de 1983, como ya se indicó. Atrás habían quedado aquellos años felices, de la niñez, del Club Defensores de la Avenida Humberto, del teatro para el barrio y las correrías por las calles. El martes 11 de enero de 1994, el mismo día en que se conocía la noticia del fallecimiento del jefe comunal azuleño, Laurini pronunció las siguientes palabras desde su banca de concejal del PJ, durante la sesión especial que realizó el Concejo Deliberante: “...A mí me es particularmente difícil expresar los sentimientos que anidan en mi espíritu en este momento, porque las circunstancias de la vida nos puso en algo que se denomina ‘la oposición’, pero en realidad yo quiero rescatar el denominador común que encuentro entre todos aquellos que, de una u otra manera, interpretando lo de su fuero íntimo, de acuerdo a sus convicciones, tienen el sentido de la preocupación por los asuntos generales, por los asuntos de la comunidad. Y en este sentido estábamos con De Paula en un mismo campo, en un mismo terreno. En un mismo bando. Por la participación, por el compromiso, por asumir las responsabilidades, por la democracia. Rubén César De Paula lo ejerció plenamente. Tenemos los recuerdos inmediatos, porque hace pocos días nos reuníamos en su despacho para analizar temas de interés comunitario y lo veíamos partir rumbo a La Plata llevando las inquietudes lugareñas. Fue la última oportunidad que compartimos y hace tan pocos días que hoy nos parece mentira tener que estar haciendo su despedida (...) Queda el profesor De Paula en cada uno de nosotros. Particularmente de quienes hemos ejercido la oposición a su gestión, el reconocimiento a este adversario noble, sincero, duro, resistente a las embestidas. Con un temple realmente admirable que supo sobrellevar, que supo disminuir con una sonrisa si alguna vez hubo de nuestra parte algún exceso. (La memoria de De Paula) no sólo será una guía para sus correligionarios, también lo será para quienes somos sus compañeros, sus amigos”.
También su hermana, María Raquel De Paula, guarda profundos recuerdos. “’Poliya’ actuó en muchas instituciones de la ciudad. Era importante su militancia social al momento de llegar al municipio. Fue un pionero. El tuvo toda una experiencia de vida con la comunidad. El fue un militante de la vida, creo que es eso lo que lo define. A mí me dejó una gran enseñanza. Una vez le pregunté cómo era que se metía en política. Ambos recordábamos que el abuelo –José Tancredi– siempre decía ‘la política e porca’ y ‘Poliya’ refutaba diciendo que eso pasaba porque la gente honesta no participaba en política. El estaba convencido de que era un lugar que había que ocupar y no dejárselo libre a los ‘pillos’, como los llamaba. Fue un hombre de pueblo, con grandes ideales. Cuando he hablado con profesores que trabajaron codo a codo con él, me decían que les extrañaba haber encontrado un liderazgo tan natural en ‘Poliya’, tan sólido. Por eso digo que mi afecto no es sólo biológico, sino que es el reconocimiento a una gran persona. Era de muy buena madera. Yo estoy agradecida de haber tenido un compinche, un verdadero amigo además de un hermano”.
La ciudad bajo el luto
El 22 de diciembre de 1993 De Paula sufrió la primera indisposición, que con el correr de las horas se fue tornando preocupante. Ese día había despedido a su hija menor, Carolina, que partió hacia Bariloche en un viaje de fin de curso. Los días siguientes no hicieron más que confirmar la dolorosa noticia. Nadie podía creerlo. Luego el pueblo entero lo lloró. El sepelio del ex intendente fue una de las manifestaciones de dolor más importantes que se vivió en la historia de Azul.
Al momento de su fallecimiento, De Paula era intendente municipal, vicepresidente primero de la Convención Provincial de la UCR, integrante de la mesa ejecutiva del Foro de Intendentes de la Provincia y venía participando activamente de los procesos previos a la reforma constitucional que se daría en 1994 –tanto en el ámbito nacional como en el provincial. Había ejercido la presidencia del CINATUR –organismo nacional de fomento del turismo–, y era, a nivel provincial, uno de los principales impulsores de la autonomía municipal, aspecto que fue luego incluido en el famoso Pacto de Olivos que sellaron los presidentes Alfonsín y Menem.
De Paula tuvo la oportunidad de realizar su última rendición de cuentas ante la comunidad el día el lunes 12 de abril de 1993, cuando dio su discurso para inaugurar las sesiones ordinarias del Concejo Deliberante. En esa oportunidad afirmó que “todos sin excepción debemos estar dispuestos –gobierno y oposición– al trabajo fecundo y permanente en la medida que la democracia lo demanda. Esta dimensión apunta decididamente al futuro (...) Los políticos debemos reconocer que tenemos que demostrar con hechos y actitudes constantes, que somos fieles representantes del pueblo y que desde nuestro puesto de lucha responderemos en toda su magnitud a los requerimientos de las ciudadanía que nos otorgó el poder”. Y, ciertamente, no ha quedado en el distrito de Azul, un sólo barrio, un sólo sector, donde no haya quedado una huella del intendente De Paula.
Esa noche de otoño, la última en la que hablaría ante el Concejo Deliberante de Azul, De Paula remarcó que “la solidaridad, fundamentalmente, debe seguir acompañándonos, para que de esa forma logremos continuar con nuestro firme propósito de hacer una verdadera justicia social por la que tanto bregan los sectores más desprotegidos de la población. Es este un compromiso de todos. Actuemos con grandeza desde la función que la ciudadanía nos ha encomendado y así estaremos haciendo realidad, cada uno desde nuestro lugar, el tan largo sueño de una Argentina próspera y confiable (...) Nuestra filosofía adquiere un compromiso permanente en la tarea por la dignificación y el respeto del hombre”.
Pocos meses después fallecía De Paula, cuando tenía 61 años de edad, cumplidos pocos días antes, el 24 de diciembre. Un hombre que honró la educación azuleña, la política y la gestión de gobierno, porque siempre, sea cual fuere la actividad que desarrollara, se ubicó como servidor público y, en tal sentido, todo su esfuerzo fue para contribuir al mejoramiento de la comunidad que lo vio nacer, crecer y que el 11 de enero de 1994, se estremeció con su muerte. De Paula, en la política, no cosechó enemigos sino adversarios. Así lo han reconocido quienes cumplieron el rol de oposición en los distintos períodos de gobierno municipal. Y eso habla bien de un demócrata.

Foto de Marcial Luna.


video sobre el cementerio

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